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La nieve

La nieve llega sin esperarla, como llegan los amigos de siempre a casa, como llega la carta del banco, como llegó el Coronavirus a nuestras vidas.
José Miguel García Conde
José Miguel García Conde

La nieve llega sin esperarla, como llegan los amigos de siempre a casa, como llega la carta del banco, como llegó el Coronavirus a nuestras vidas. Todo se inunda de un blanco níveo, como dirían los poetas barrocos, y nos devuelve a la infancia, a las postales navideñas con trineos tirados por renos y luces de colores. Cuando la nieve llega, salimos a las calles en estampida, como si fuera nuestro último día en la tierra y nos lanzamos bolas, fabricamos muñecos de nieve con sonrisa impostada y nos hacemos selfis, que inmediatamente subimos a Instagram, para adornar nuestras vidas imaginarias e irreales. Todo es felicidad instantánea. Por un momento nos olvidamos de Trump y de esos seres disfrazados con cuernos tratando de asaltar el Capitolio. Nos olvidamos del Coronavirus y, por un instante, aunque sea breve, nos imaginamos que nuestra vida es feliz, que no hay muertos en los hospitales ni enfermos en las ucis. La nieve es un bálsamo que nos cura, que nos limpia la mente de injurias e insolencias, que se extiende por las calles como si de una pomada antiestrías se tratase.

Sin embargo, no todo es luz en esta postal navideña. En las carreteras los camioneros sufren apostados horas interminables en un arcén, confiando en que las quitanieves actúen, deseando regresar a casa para contemplar con sus hijos por televisión las calles blancas. La nieve también es el infierno, como diría un buen amigo, cuando, por ejemplo, en la Cañada Real en Madrid, no hay luz desde hace más de tres meses, no hay apenas nada con qué calentar la piel, todo es demasiado terrible, ni siquiera para poder imaginármelo.

La nieve configura una estampa que barniza nuestros sueños, que nos evade de la realidad, pero que a veces, por desgracia, golpea a los más vulnerables. Que la nieve traiga esperanza, pero que la traiga ya.