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MATAR AL TEATRO

Es la eterna dicotomía entre el mero entretenimiento y el peligro de poner en marcha el engranaje más peligroso del ser humano: el pensamiento.
MATAR AL TEATRO
Carlos Santos Moreno
Carlos Santos Moreno

Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor. (Matar a un ruiseñor. Harper Lee).

El viernes pasado, siete meses después, volvimos a ver una representación teatral, en el Teatro Victoria de Talavera de la Reina, que es ya un espectáculo en sí mismo y del que, en tiempos normales, podemos disfrutar muchos viernes del año. En esta ocasión, acudimos en busca de Ionesco y nos encontramos con una genialidad adaptada, bajo la batuta de nuestro amigo Antonio Sanmiguel, quien, junto a la escuela de teatro Joaquín Benito de Lucas, nunca deja indiferente al público.

La distinción, la sorpresa, la renovación… son condiciones que el arte busca de forma constante e incansable; esa es la escena desde la que ejerce su poder. El poder de atraernos, el poder de deleitarnos, de entretenernos, de emocionarnos, de hacernos soñar; el poder de descubrir ideas diferentes a las nuestras y de hacernos reflexionar desde lo distinto a nosotros; lo que nos lleva al poder que más me gusta, el de la catarsis: esa limpieza de prejuicios que nos ayuda a crecer como personas.

El teatro, como expresión artística, ejerce de manera efectiva y multidisciplinar esas funciones, por las que, en muchas ocasiones, ha sido vituperado y perseguido. Es la eterna dicotomía entre el mero entretenimiento y el peligro de poner en marcha el engranaje más peligroso del ser humano: el pensamiento. Lo que conduce la utópica libertad y a la necesaria creatividad. Esa creatividad que nos ayuda a conseguir la superación y la adaptación.

Adaptarse es la manera que tiene el ser humano para sobrevivir a los cambios y a las crisis. En estos tiempos de máscara impuesta, la adaptación del mundo artístico en general y del teatro en particular,  ha sido doblemente exitosa. El esfuerzo para combatir el virus, para adoptar las medidas sanitarias establecidas ha sido titánico y costoso. ¡Bravo! No obstante, está siendo uno de los sectores más castigados de nuestro país. No me olvido de otros muy tocados como el ocio y la hostelería, grupos con los que la manera de afrontar esta situación está siendo totalmente injusta. Pero, permitidme que mi defensa sea hoy de las artes escénicas y del sufrimiento que han soportado durante meses, con sus escenarios cegados, y al que se ven dirigidos sin remedio, si las diferentes administraciones no comprenden el peligro y la catástrofe que significa cerrar los teatros.

Seamos consecuentes con la nueva anormalidad que nos ha traído la pandemia, pero no echemos la culpa de la irresponsabilidad personal de algunos a la responsabilidad institucional de las artes escénicas, que, durante todo este tiempo de crueldad, ha luchado por mantener viva la llama de la pasión dramática, desde la prevención y la preparación, creando un ambiente seguro para que los espectadores acudamos a la cita que Dionisos lleva siglos bendiciendo. No cometamos el pecado de matar un sólo teatro.